El camión-sombrilla

Camión-sombrilla


Vimos la lluvia y nos faltaba valor para salir así de la oficina. 

«Yo tengo una sombrilla grande», dijo Gina…

 Rodrigo la abrió y lo comprobamos.

«Eso es una sombrilla de playa», añadió la jefa Marycarmen.

Entre carcajadas y una dosis de pena los cuatro caminamos despacito por la Plaza de la Paz, para que la protección alcanzara para todos. 


Aquí con el «camión-sombrilla»



Apenas dimos unos pasos, pero con tremendo paragüas, chocamos con la lona del puesto de elotes, hecho que le añadió más risas. 

Seguimos nuestro camino y de pronto se sumó al «viaje», Pedro, un compañero de la oficina del segundo piso y también compañero reciente de fiesta, por cierto.


Para entonces ya me dolía el estómago de la risa. Como pasamos de cuatro a cinco «pasajeros», la jefa bautizó el utensilio como «camión-sombrilla», incluso cabía otro tripulante más.


Recorrimos apenas unos 50 metros y dejó de llover lo que detonó otro paquete de carcajadas.


La segunda odisea fue cerrar el «autobús impermeable». Rodrigo lo hizo. 


Nos despedimos y cada quien se desvió a su respectiva ruta.


Llego a casa y me sigo riendo de la escena. 


Cuánto bien me hizo hoy no llevar paragüas a la oficina. Cuántas endorfinas disparó el «camión-sombrilla». Qué gran regalo puede darte un detalle tan simple. 


Fin.




Septiembre 4, 2017.

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