Lo que vi y “nunca” escribí (I)

Mi musa me ha abandonado.

Desde hace una semana, nada sale de esta cabeza.

Pretendo escribir pero hay días en que parece que mi cerebro está seco.

¿Dónde venden motivación a granel?

A veces las idean fluyen como cascada, pero hay momentos en que intuyo un secuestro de pensamientos.

Sospecho que recientemente mi musa y las ideas hicieron complot para largarse de fiesta mientras intento escribir. Maldita sea.

Ahora que recuerdo hay cosas que pensé pero nunca escribí.

Por ejemplo:

En el Cerro del Gallo en Guanajuato, había una casa pintoresca que llamaba mi atención.

Su fachada medía unos 10 metros y era una mezcla de hogar de la abuela con casa del terror. Verla era como viajar al pasado en menos de 10 segundos.

Colindaba con la parte trasera del grupo de departamentos donde vivía en la colonia San Cayetano. Era mi paso obligado para ir a la tienda o cuando me bajaba del camión.

Al frente estaba cubierta en su mayoría por plantas: una enredadera en la esquina, cuatro cactus escoltaban los siete escalones que conducían a la puerta principal, y unas 50 macetas estaban regadas por todos lados.

En su mayoría eran pequeñas jarras de barro, botes de chiles jalapeños La Costeña, cubetas de plástico sujetas a la pared, amarradas en palos, colocadas en el piso, colgadas en estructuras metálicas o aferradas al balcón de la segunda planta que por cierto era invisible entre tanta maleza.

También la adornaban pericos de cerámica pintados de colores llamativos, algunas calaveras ocultas y lo que parecía ser un Don Quijote de la Mancha metálico y enano camuflado entre la hierba.

Me causaba curiosidad saber si la decoración tenía algún sentido o si gradualmente las plantas fueron creciendo hasta crear un escenario tan particular, a mi parecer con un toque tétrico.

La casa hacía juego con el empedrado de la avenida Panorámica, el camino al monumento y mirador El Pípila, uno de los sitios emblemáticos de la ciudad por donde transitan turistas y donde está situada la vivienda en cuestión.

Siempre me inquietó saber quién vivía ahí. Imaginaba que era una casa de brujas, donde si tocabas la puerta, te abriría una anciana de cara alargada, capucha negra, una verruga en la nariz, sosteniendo un viejo candil con una carcajada chimuela.

¿O sería un sitio para asustar turistas ingenuos que, como yo, se sorprendían por un sitio como ese?

Mi intriga permanece, pues nunca vi entrar o salir a persona alguna.

La casa en el Cerro del Gallo.

Unos días antes de mudarme, le tomé una foto porque pensé que algún día escribiría algo sobre la casa, no tenía idea de cuándo ni qué, pero me agradaba que esa singularidad hacía diferente mis trayectos a la tienda o mi llegada después de un día intenso de trabajo.

Cuando recordé este lugar, busqué en mi computadora si aún conservaba la foto. Para mi sorpresa, era la primera imagen de la carpeta, a estas alturas de la redacción, no creo que sea una casualidad.

Escribo esto y descubro que la musa y la idea me acompañaron esta noche a pesar de mis reproches. Les pido disculpas por juzgarlas de abandono y libertinas al inicio de este texto.

Y no sólo eso, llegaron para enseñarme que el antídoto para un cerebro «seco», es escribir hasta desempolvar y hacerle justicia a las pequeñas historias postergadas que dejaron un agradable recuerdo.

FIN

2 comentarios sobre “Lo que vi y “nunca” escribí (I)

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  1. Me llega como anillo al dedo, tal vez sea momento de desempolvar, de entrar a los recovecos, de buscar con paciencia y contemplación… Gracias Mimí por tus palabras, tal vez ya sea momento para parar de decir ¡Maldita sea! y hacer algo por dejar de nuevo que la pluma fluya

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    1. Querido Bernardo… qué gusto leerte también por aquí. 🙂 Espero hacerlo pronto también en tu blog, seguro tienes algo (yo creo que mucho) qué escribir y compartir.

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