Cuando leía el periódico, mi abuelo Víctor levantaba sus cejas blancas y pobladas, al mismo tiempo que se inclinaba un poco hacia atrás para empatar su vista con los lentes bifocales.
No fue a la escuela, pero su mamá adoptiva lo enseñó a leer, así que en vida esa fue una de sus más grandes aficiones.
Para cumplir con el ritual dominical, tenía siempre la misma postura: sentado en uno de los tres sillones verdes del recibidor, cruzaba sus piernas delgadas, tomaba el diario, lo extendía y pasaba parte del día frente al papel blanco y negro que le tapaba la mitad del cuerpo.

Primero leía la sección de política, luego los deportes y al final sociales.
Además del silencio, lo acompañaba el sonido del papel cuando pasaba las hojas y una taza de café sobre la mesa; que a veces, a escondidas de mi abuela, suplía por un caballito de tequila.
Yo tenía 10 años cuando supe que a mi abuelo le gustaba leer, desde las noticias, hasta las novelas gordas que cada domingo comentaba con mi papá, cuando improvisaban una especie de círculo de lectura entre los dos.
Ignoro cuántos libros leyó, de lo que estoy seguro, es que fue la primer persona que supe que – fuera de un salón de clases – gozaba tanto al hacerlo.
FIN
*Ejercicio de escritura: Cuento de menos de mil palabras para mostrar cómo lee alguien.

Deja un comentario