“¡Ya cállense!”, gritó un vecino desde el balcón de su habitación, a un grupo de jóvenes que cantaban a todo pulmón en el departamento de enfrente.
Era domingo por la tarde, y en plena cuarentena, uno de ellos remataba con un intento de agudo ranchero, de los que sólo los mariachis, una voz privilegiada o alguien embriagado alcanza y sostiene. La fiesta interrumpía el silencio de los edificios habitacionales en el centro histórico.
Por el tono del vecino, se oía molesto, aunque al parecer sus receptores no lo escucharon o lo ignoraron, pues durante un par de horas más, se dieron vida con su improvisado karaoke.
Días después, al filo de la media noche, otra vecina haría lo mismo, pero esta vez el motivo eran ladridos incógnitos.
“¡Callen a esos perros!, exclamó para después azotar su ventana.
Ambos acontecimientos ocurrieron en un complejo de departamentos ubicados en el corazón de la zona de bares de la ciudad, donde si a algo estamos acostumbrados quienes vivimos aquí, es al ruido.
Hasta antes del COVID19, lo normal era que los viernes y sábados los cristales de la sala vibraran de 10 de la noche a 3 de la mañana por la mezcla de música electrónica y reggaetón, proveniente de las casonas adaptadas como antros.
Después de esa hora, resultaba común despertarse por el sonido del jolgorio que se prolongaba en los automóviles. La calma volvía cerca de las 5 de la mañana.
Pero en ese mismo horario, desde hace 7 semanas, las calles parecen las de una ciudad fantasma. Pese a ello, los vecinos estaban más irritados por unos cantantes vespertinos y unas mascotas latosas.
No los culpo, hoy se cumplen 50 días de encierro por la pandemia, y la paciencia se percibe a cuentagotas.
“Estamos infectados del virus del miedo”, me dijo un amigo, después de contarme que él y su esposa no la estaban pasando bien, pues a ella la atacó un insomnio atípico.
A su comentario, se han sumado reiteradas confesiones de conocidos que sienten por primera vez en su vida síntomas físicos de ansiedad: taquicardia, ganas de correr sin motivo aparente, miedo a morir, nerviosismo, deseos potentes de llorar, etcétera; sensaciones que aparecieron y se agudizaron desde que empezó la recomendación de no salir.
Y no es para menos. Lo que vive (y vivimos) el mundo,- literal- es suficientemente grande y desconocido para sentir de vez en cuando que protagonizamos lo que bien podría ser una película de terror, un encierrovirus.
Esto es nuevo para todos y cada quien transita distinto la forma de estar en casa.

Una tarde de encierrovirus desde la azotea.
Sé de personas que ocupan su tiempo tomando cursos en línea, otras ven un maratón de series en Netflix, hacen reparaciones o limpieza de su casa, pasan tiempo en las redes sociales o frente a la computadora, pintan rezan, hacen ejercicio, transmiten en vivo por Instagram, organizan reuniones virtuales o también hacen nada.
Considero que todo es válido, nada es mejor ni peor. Nadie nos dijo cómo se actúa ante una pandemia ni a una cuarentena, que además, ya se extendió a cincuentena.
En lo personal hasta ahora han sido 50 días raros y variados: a veces me irrita escuchar noticias, por momentos me hartan las redes sociales, también me come la impotencia de salir al supermercado y ver en las calles a personas ejercitándose, adultos jugando con niños, o familias comiendo en un restaurante de hamburguesas que sigue dando servicio.
La mayoría de los días no he encontrado motivación para activarme en casa y aunque me considero una persona hogareña y busco ocuparme, me resultan inevitables las ganas de salir a la esquina o de rendirme al aburrimiento o el mal humor.
En días pasados me ganó la confusión y ante la sorpresa de ver que no abría la puerta del departamento, descubrí que estaba intentado entrar al de la vecina de arriba.
Nunca pensé que el encierrovirus me haría extrañar extrañar ir al oxxo sin las ñáñaras de ver que hay mucha gente en los pasillos, de comerme una nieve en el Jardín de San Juan de Dios, de convivir un miércoles de alitas con amigos, cenar un viernes con mis papás y hermanos, conocer un Pueblo Mágico con mi novio, o hasta salir a la tienda sin tener que usar cubrebocas.
Lo que se anhela es la vida “normal” y que hoy para la mayoría, si no es que para todos, es muy distinta. También estoy segura de que hay personas que la están pasando más mal, pero eso no quita lo legítimo de todas las sensaciones que se presentan por estar encerrado en casa sin tener fecha de caducidad.
Tampoco todos los días son malos. Consuela que la única certeza que existe es que esto es temporal, y mientras tanto queda vivir el hoy, algo que en teoría deberíamos hacer desde antes de la cuarentena.
Me queda claro que el malestar por la pandemia también ha obligado a voltear los ojos a lo que importa y que dábamos por sentado: la salud y por tanto la vida, de pensar más en la muerte y ser conscientes de nuestra fragilidad, no para asustarnos, sino para aprovechar mejor el tiempo y valorar los detalles más simples; también dimensionar el daño al ecosistema y el respiro que necesitaba el planeta con unas cuantas semanas de confinamiento.
En medio de todo, queda mucho por aprender del COVID19 y el encierrovirus: vinieron a ponernos el freno de mano y parar en seco el ritmo al que íbamos, por eso creo que es comprensible que haya días en que el marcador le da ventaja a la irritación por encima del optimismo.
Y bajo la premisa de que todo pasa para algo, está claro que también es tiempo de hacer una pausa, sentir más y ejercitar el músculo de la paciencia, la fe y la confianza. No hay de otra.
Mientras la cincuentena sigue por tiempo indefinido, hoy puedo comprender el enojo de mis vecinos que en medio del encierrovirus pedían silencio, no porque prefiera el ruido de los antros y bares, sino como una necesidad de que regrese la cotidianeidad, por muy ruidosa que fuera.
FIN

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