Me enteré por Whats App de la demolición del bar Mónaco en el centro histórico de mi ciudad natal, León.
Cuando vi en internet la foto del brazo de la retroexcavadora penetrando lo que algún día fue una de las cantinas más famosas del terruño, sentí un puñetazo en el estómago seguido de una sensación que no se poner en palabras pero dolió.
Hace seis años ese era punto frecuente de reunión con amigos cuyas profesiones son muy distintas a la mía: arquitectos, ingenieros y un contador; a pesar de eso, nos unía el tequila, el mezcal, el limón y las carcajadas mientras brindábamos. “Hasta que la hematemesis” decía uno de ellos, antes de chocar caballito con caballito.
Ahí las banderitas se convirtieron en mi bebida predilecta que tomaba con el arte que se merece: un trago de limón, otro de tequila y uno más de sangrita.
En ese sitio, me advirtieron que si al «cheers», no mirabas a los ojos a la otra persona, tendrías siete años sin orgasmos. Mis primeros intentos de poner en práctica tal aseveración, eran con miradas muy torpes, que espero hayan contado como válidas.
El Mónaco fue el sitio perfecto para festejar mis 28, tiempo en que el lugar también cumplió nada más 117 primaveras. El anuncio de su fachada ubicada en el 123 de la calle Emiliano Zapata casi esquina con 5 de febrero, presumía el origen del bar desde 1897. Quizá hasta ayer, el más antiguo de León.

Era un lugar sencillo y pequeño. La entrada eran las clásicas puertas plegables de cantina. Desde adentro veías las piernas de los que entraban y los de afuera podían darse una idea del ambiente del interior.
En sus paredes había un mural coloridos con la leyenda “Arriba toda pasión”, además algunas fotos de León antiguo y un espejo rectangular serpenteaba todo el sitio, de tal manera que mientras disfrutabas de un trago podías ver casi cualquier parte del bar que le agregaba una sensación de amplitud.
Transmitían partidos de futbol, ponían música o karaoke en una pantalla clavada en la esquina. Las complacencias se solicitaban al dueño de nombre Chava; un señor joven, delgado, con lentes y barba de candado que sí o sí te recibía con sonrisa y trato amable, entre las sillas de la barra que parecían de peluquería.
Por cada cerveza servían botana, desde cueritos con salsa de jitomate hasta salchichas con limón, de las que siempre tuve la sensación de que al día siguiente se volverían acedas, aunque nunca me hicieron daño.
Fueron tiempos de muchas risas, de brindar, hablar del centro de la ciudad, mientras nos terminábamos el Huitzila, un mezcal joven de Zacatecas que incendiaba ipso facto la lengua, garganta y estómago. Ahí pasé viernes de Pacífico y Victorias, de improvisar una pista de baile al ritmo que fuera y de vivir un lugar tan emblemático de León con buenos amigos.
Nunca imaginé ni remotamente que el Bar Mónaco terminaría de esta manera. Vi una foto del Periódico a.m. donde la máquina amarilla y su brazo asqueroso recogía los escombros en el mismo lugar donde nos sentamos a brindar por los 28, por la amistad o por el simple gusto de compartir el mismo tiempo y espacio. Justo en esa zona del bar, ayer lo sepultaron los desechos de la construcción y apenas se asomaban algunos colores del muro.
La llanta de la máquina estaba en el mismo lugar donde nos tomamos una foto del recuerdo afuera del negocio, celebrando la vida en el sitio donde podías entrar vestido como quisieras en una ciudad, -o un país- donde es común esperar afuera de un antro o bar, mientras le ves un buen rato la cara a un cadenero, mamado y pelón, con un cable colgando de la oreja y que decide según las “políticas” del lugar, si puedes entrar o no.
Escribo sintiendo tristeza y nostalgia, temiendo que tal confesión se juzgue como cursilería. ¿Cómo la desaparición de una cantina puede ocasionar un sentimiento así? Más allá del alcohol, quizá los recuerdo, la etapa, las vivencias o lo que sentía en ese tiempo significó mucho y se quedó guardado en un sitio especial de la memoria intocable, que nada ni nadie puede demoler. Ahí conviví con personas que, aunque ya casi no veo, compartí momentos en los que me sentía feliz, queriendo y querida.
Hoy, más de 100 años de historia, se volvió en cuestión de horas una montaña de escombros, restregando que todo tiene caducidad. Según algunos medios de comunicación locales, los propietarios dijeron que el motivo de la demolición fueron daños estructurales, pues lo consideraban un peligro; algo que contrasta con lo que siento en este instante, pues estoy segura de que para muchos -incluida yo-, infinidad de veces el Mónaco significó salvación.
FIN
Aquí fotos de la demolición: https://guanajuato.lasillarota.com/estados/derrumban-de-emergencia-el-monaco-sobrevivio-a-la-pandemia-pero-no-a-la-lluvia/537357




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