Yo solo quería una foto, me repito incrédula mientras Jorge Drexler canta frente a mí. Estoy en el mismo bar que le recomendé hace dos horas por Instagram. ¿Será otro sueño donde lo veo extender su mano desde el escenario para tocar la mía? Esta vez no parece ser una jugarreta de mi imaginación. Sigo incrédula. ¿A cuánta gente su artista favorito le escribe pidiéndole una sugerencia para cenar un día previo a su concierto? Me pregunto a la vez que lo capto con mi celular cantando Al otro lado del río, la melodía que en 2005 lo hizo ganador de un Óscar a Mejor Canción Original y recibir la estatuilla de manos de Prince. Ese año, él escribía la historia en el Teatro Kodak de Los Ángeles y yo, una provinciana universitaria, me hacía su fan.
¿Cómo llegué aquí?
Lo conocí a los diecinueve gracias a la recomendación de un amigo. Bastó una sola canción y conocer su historia para que se metiera en mi alma: a los treinta cambió su profesión de médico por la de músico, pero no vivió de ello sino hasta diez años después. Lo he seguido por casi dos décadas. En la pandemia, tras la muerte de mi abuela y otros seres queridos, sus canciones La guerrilla de la concordia y Sanar eran himnos de esperanza y bálsamo para los días difíciles. Nadie nace sabiendo / Nace sabiendo / Que morir / También es ley de vida /… oía y oía una y otra vez en ese tiempo. Desde entonces, cada año corona mi Spotify.
Ahora, mis sentidos me confirman que esto es real. Jorge Drexler, en vivo, a dos metros de distancia, en León Guanajuato, México; alternando entre cantar y un caballito de tequila. Clavo mi remo en el agua / llevo tu remo en el mío / creo que he visto una luz / al otro lado del río. Escucho la misma letra interpretada aquella vez frente a Morgan Freeman, Clint Eastwood y Martin Scorsese. Pienso, ¿qué hice para merecer esto?, canto e intento disimular las ganas de arrojarme sobre él y reprimir los síntomas de groupie mientras le doy un sorbo a mi mezcal.
Cinco horas antes, llegué a casa del trabajo como un lunes cualquiera, emocionada porque al día siguiente por segunda ocasión iría a un concierto suyo, aunque era especial por ser el primero que presentaba en mi ciudad, tenía boleto en primera fila y con la ilusión de una foto, mandé un mensaje a una amiga reportera de espectáculos: ¿Sabes dónde se hospedará?. Pasó un buen rato y no contestó.
De pronto llegó una notificación a mi teléfono mientras estaba acostada en la cama: «Jorge Drexler te ha seguido». Me levanté como resorte, sentí los ojos desorbitados… no podía ser cierto, su cuenta oficial ahora ya era parte de mis escasos seguidores. Taquicardia, incredulidad, es un error, tomé una captura de pantalla por si acaso.
Otra notificación, esta vez un mensaje privado:
“Hola, llegamos recién a León y estuve viendo tu blog, ¡muy bueno! Estamos con la banda buscando un lugar para tomar algo hoy. ¿Nos recomiendas? ¡No conocemos a nadie más!”.
Era él. Era cierto, ¿leyó mi blog?, estaba confundida.
“Hola Jorge, ¿es en serio este mensaje o te hackearon? ¿De qué tienen ganas? Les recomiendo el café bar 500 noches”.
“¡Espero que no me hayan hackeado! En un mundo ideal nos encanta un lugar donde se pueda bailar ¡sin que sea una discoteca!”.
Y continuó el intercambio de mensajes.
“Oye Jorge, ¿será muy invasivo si voy a pedirte una foto?”.
“Claro, vente a tomar unas cervezas con nosotros”.
Se me aceleró el corazón, el aire me faltaba, atravesé una emoción intensa e insólita, también duda y temor a ser víctima de estafa, broma o de mis propias fantasías. Hice caso a la intuición, cancelé una cita y tomé la carretera; 40 kilómetros me separaban de mi ídolo en León.
Conozco a Jorge
Písale, espera, respira profundo. No deseas accidentarte y perderte un evento así. Reduce la velocidad, entrégate a las circunstancias. Si me toca verlo, lo veré. Se me salió una lágrima. Solo una foto y ya. Otro mensaje:
“Vamos a Cafe&cocina y luego a tomar algo al 500 o al Cinema”.
“Gracias, me muevo para allá”.
Dudosa de todo, incluso de una posible extorsión, llegué.
Era una casa adaptada. Tenía unos ventanales grandes donde se apreciaba a los comensales desde afuera. De reojo vi, había una mesa larga con unas quince personas, y ahí estaba, el atractivo uruguayo de cincuenta y nueve años, ganador de 7 Grammys latinos, 1 Goya, 1 Óscar, autor de 14 álbumes, de barba cana, sonrisa amplia, el portador de esa voz sonando miles de veces en mi auto, en mi casa, en las buenas y en las malas. Ahí estaba, no era un engaño. Antes de entrar, grité. No lo haría frente a él y que se arrepintiera de la invitación. ¿Qué hago cuando lo vea? Lo que salga, vívelo. Aunque en realidad sentía que flotaba.
—Hola amiga, sí soy yo, no me hackearon— Me derretí.
Nos dimos un abrazo y un beso.
—Hola Jorge qué gusto conocerte, bienvenido a León.
Esas palabras se quedaron cortas, tenía la piel erizada.
Le pedí una foto, sonreímos, me invitó al 500 Noches.
Antes de cambiar al bar recorrió el restaurante guiado por el personal, se tomó foto con todos. «¿Es Jorge Drexler?» preguntó un cliente. «Síiií!», le dije casi gritando. Llegué al 500, un lugar bohemio donde un grupo local tocaba en vivo, él ocupaba una mesa con su banda, me quedé cerca del escenario. Los músicos se percataron de su presencia y entonaron su canción Telefonía. Jorge volteó y se puso de pie, tomó el micrófono y acompañó al vocalista en el coro: Te dejo este mensaje simplemente / para repetirte algo / que yo sé que vos sabías. En minutos todos los presentes, unas treinta personas, los grabábamos. «¡Otra, otra!», se escuchó. Drexler accedió y en segundos ya era un mini concierto. Le siguieron Soledad y La Edad del Cielo. Aplausos y gritos. Bajó y le pedí un autógrafo en una pequeña libreta de raya que apenas se me ocurrió llevar. Formó un recuadro en la fila de la hoja: «Un abrazo para Mimí» decía en mayúsculas y al centro, firmó. Otro beso y abrazo, regresó a su mesa, tomó una guitarra. Me acerqué y le siguió una especie de acústico improvisado con sus músicos y los de la banda local. Cerca de la medianoche cerró con la ganadora del Óscar, aquella canción que cantó a capella como protesta cuando la Academia le impidió interpretarla en el show por considerarlo un desconocido. Clavo mi remo en el agua / llevo tu remo en el mío / creo que he visto una luz / al otro lado del río. Terminó y aplaudí con todas mis fuerzas. ¡De lo que se perdieron esas estrellas hollywoodenses!
Se paró de la mesa, un grupo de gente lo asedió con fotos y saludos. Quería despedirme, pero al percatarme del tumulto solo observé. Al día siguiente lo vería en el concierto otra vez. Acababa de vivir lo que cualquier fan desearía. Regresé a casa y tuve insomnio. Por la mañana recibí un mensaje de mi amiga reportera. “No sé, pero te investigo” apenas contestaba. Ya no es necesario, le conté lo que pasó junto con unas fotos. Por la noche camino al concierto una nota y video en el periódico local circulaban en Facebook, Instagram y Tiktok. Jorge Drexler convive con fans en íntimo palomazo; leonesa comparte experiencia con el uruguayo; la foto principal éramos él y yo juntos sonriendo en el restaurante. Momentos después cuando lo vi ya con micrófonos y producción, pensé en la noche anterior y en la nota del periódico. Nada estaba planeado. ¿Cómo llegó a mi perfil? Tiene seiscientos mil seguidores y yo apenas trescientos, ¿sería el título de una de sus canciones como descripción de mi Instagram? ¿o todos mis comentarios a sus historias? ¿o solo suerte?
Han pasado tres meses
Ocasionalmente leo nuestra conversación, veo las fotos, los videos y verifico si aún me sigue. Nunca podré responder a cuánta gente su artista favorito le escribe pidiéndole una sugerencia para cenar un día antes de su concierto y regalarle una velada así… no lo sé, pero me pasó; él no tenía nada que perder, yo lo gané todo. Aun lamento no haberle agradecido en persona un detalle de esta magnitud, lo escribo en un intento por honrar ese gesto de aquella noche, porque fue real, yo solo quería una foto y me regaló lo que hasta hoy ha sido la mejor noche de mi vida.
Gracias Jorge.
FIN
*Esta crónica es el trabajo final del curso “El cronista que llevamos dentro. Crónica histórica, literaria, periodística y de barrio”, impartido por la Fundación Cultural Antonio Haghenbeck y de la Lama, I.A.P.
Corrección de estilo: Raúl Rojas







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