Una nevada de 22 grados

Una nevada exprés, paralizó las compras del Buen Fin en Altacia, en plenos 22 grados centígrados. Mientras sonaba Mariah Carey de fondo, parte de la clientela de este centro comercial en León hizo una pausa colectiva para presenciar el espectáculo nocturno al pie del árbol de Navidad.

Con una altura que abarca los tres pisos de la plaza y flanqueado por tiendas de la cadena Inditex, Starbucks y el Cinépolis VIP, el show fue el centro de atención a las 7:30 de la noche del domingo 16 de noviembre.

Minutos antes, la normalidad se desarrollaba en torno a las ofertas o promociones como “Compre hoy y pague en febrero de 2026” o “La segunda prenda a mitad de precio”. El lugar estaba a reventar y las filas eran una constante: para entrar al estacionamiento, para pagar en cualquier tienda o incluso para disfrutar de una dona y un café había que hacer cola por un buen rato. En los pasillos, todas las bancas estaban ocupadas; las escaleras eléctricas subían y bajaban a su máxima capacidad y niñas y niños esquivaban al tumulto montados en figuras de dinosaurios, tigres y caballos rentados.

Pero a la media para las ocho de la noche, la gente y el consumo se detuvieron. El árbol, adornado con esferas tricolores y una estrella amarilla en la punta, se iluminó acompañado de una melodía parecida al intro de las películas de Disney, elevando la expectativa. La música emanaba fuerte desde el interior del follaje y el volumen era suficientemente alto para captar la atención.

Pasados unos segundos ocurrió la magia: empezó a “nevar”, lo que provocó un generalizado “¡Ooh!” de la gente al ver caer desde lo más alto partículas blancas. Enseguida, los teclados y la música prendieron el ambiente: “I don’t want a lot for Christmas/ There is just one thing I need”, se oyó la peculiar voz de la cantante estadounidense, melodía que encabeza su lista de reproducciones en Spotify.

Niñas y niños brincaban, bailaban y alzaban las manos para tocar los “copos”. Una pequeña de unos seis años levantó sonriente su oso de peluche para que también disfrutara la experiencia. Aunque el espectáculo se veía desde los balcones, en la planta baja la gente era la más emocionada. Familias se tomaban fotos entre sí; una señora de unos sesenta años se grababa con el teléfono y hacía un acercamiento a sus brazos cubiertos de espuma, que para ese momento ya eran manchas desinfladas de jabón.

Junto a mí, un hombre con camiseta del Club León y acento gabacho le dijo a su acompañante “¡Y cuando estamos allá y empieza a nevar güey, decimos: ‘¡Ya vámonos!’”. Acto seguido soltó una carcajada. Pero acá, a 22 grados de distancia de una nevada real, lejos de irse, las personas se aglomeraron. Terminó la primera canción y le siguió una voz masculina muy grave y contrastante: era Andy Williams, otro de los más escuchados en las listas navideñas con “It´s the most wonderful time of the year”. En ese cambio de canción se oían los aspersores de burbujas causantes del alboroto.

Será la euforia natural por este fenómeno meteorológico, la falta de costumbre o que esta nieve se podía disfrutar con shorts y camiseta, o todo al mismo tiempo… pero en esos cinco minutos se percibió un éxtasis general, demostrando que, a pesar de todo, aún existe la capacidad de asombro.
Y es que la última vez que ocurrió algo similar -pero natural- en León, fue hace 28 años, en diciembre de 1997, cuando quienes hoy rebasamos los 35 atestiguamos con esa misma sorpresa y emoción, las calles cubiertas de nieve y cuyas fotos se volvieron historia. Y lo fue, especialmente porque en los inviernos recientes apenas se siente el frío y la mayor parte del año la temperatura ronda los 30 grados y en mayo acaricia los 40.

Concluida la segunda canción, la nevada artificial cesó, pero no la alegría; la gente seguía tomándose selfis, varias personas con el cabello lleno de puntos blancos. Entre ellas, un niño de unos cinco años con pijama de Spiderman posaba sonriente frente al teléfono de su familia haciendo la señal de la victoria, pero justo en el momento de la foto, una niña se atravesó corriendo.

Gradualmente la clientela se dispersó. Antes de irme, una señora junto a mí le dijo a su hijo de unos nueve años: “¡Listo, vámonos, ¿quieres ir a Lego?” Él no respondió, se alejaron como el resto, rumbo al tumulto, entre bolsas y filas. A las ocho en punto volvería a nevar.

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