A los 17 años conocí a Dios. Fue en un retiro de evangelización. Me sacudió, me hizo sentir que la vida tenía sentido. Pero con el tiempo, como suele pasar, la relación se fue enfriando. Me alejé. Lo fui dejando de lado mientras seguía con mis cosas.
Pasaron los años. A mis 38, sin planearlo, me lo volví a encontrar. No fue en una iglesia ni en un retiro. Fue en Perú, frente a los Andes. Un reencuentro inesperado, no programado, pero muy necesario.
Mi viaje a Sudamérica no tenía nada de espiritual. Lo había planeado para conocer a un amigo y, en el fondo, para huir. 2024 había sido un año duro: pérdidas, problemas laborales, muchas emociones a flor de piel. Me sentía desbordada, vacía, con una angustia que no me soltaba. Había días en que el miedo, la tristeza y el enojo me hundían.
Viajé en dos partes: la primera acompañada y la segunda sola por primera vez. Me animaba la idea de un viaje soñado por mucho tiempo, de ver paisajes nuevos, de callar el ruido interno con movimiento externo. Recibí el año nuevo entre fuegos artificiales, música y turistas bailando. Rodeada de gente, me sorpendió la sensación de estar sola. No tenía ganas de socializar, pero tampoco de no compartir este momento con alguien. Estaba triste y no lo había querido ver.
Los días siguientes tampoco fueron fáciles. Me recuperaba de una infección y notaba que no estaba disfrutando. Lo que había imaginado como una fantasía cumplida, se convirtió en una lucha contra mí misma. Me costaba trabajo estar presente. Pensé incluso en regresar a México sin conocer Machu Picchu, un sueño de adolescencia. La angustia, como en 2024, me perseguía también allá, a seis mil kilómetros de distancia.
Pero decidí quedarme. Algunas llamadas con personas cercanas me dieron el empujón necesario para continuar. Y fue así como, en uno de los últimos días, tomé un tour a la laguna Humantay. No era lo más popular, pero me atrajo la idea de una caminata menos exigente que la Montaña de siete colores. Iba sin muchas expectativas, con más cansancio que entusiasmo.
La subida fue dura. Un camino de piedras, empinado, con poco oxígeno. A ratos me dolía todo. A ratos pensaba en mi familia, en lo lejos que estaba, en que, si me pasaba algo, nadie lo sabría. La señal del celular era nula. Algunos turistas animaban, pero cada quien iba a su ritmo. Yo, al mío, preguntándome por qué no había elegido un tour más plano.
Y entonces, tras casi dos horas de subida, el terreno se abrió. La laguna Humantay apareció frente a mí como un secreto revelado. El azul turquesa del agua contrastaba con el gris de las montañas y el blanco del nevado Salkantay. Todo era majestuoso, pero lo que me impactó no fue solo la belleza, fue el silencio. Un silencio abrumador, profundo. Apenas se oía un hilo de agua caer desde el nevado. Todo lo demás: silencio.
Me senté en una piedra, sola. Y lloré. Lloré como no lo había hecho en meses. Me desahogué. Todo lo que había guardado durante el año salió ahí: el dolor, el enojo, la tristeza, la decepción, la incertidumbre. Fue una catarsis en plena montaña.
Y en ese llanto y en ese silencio, sentí a Dios. No como una voz, sino como una certeza. Estaba ahí. Me abrazaba. Me consolaba. Me decía, sin palabras, que no estaba sola. No lo había sentido así desde los 17. Y solo pude decirle: gracias.
La calma que vino después fue profunda. El cuerpo seguía cansado, pero el alma se aquietó. Algo se acomodó adentro. El resto del viaje lo viví con otra energía, no como si se tratara de magia, pero sí distinto. Algo en mí cambió.
Ese día fue una epifanía, en el sentido más literal: una manifestación. Dios se manifestó en los Andes. Pudo haber sido en otro lugar, pero fue ahí, en ese paisaje, en ese silencio. Y aunque el momento fue breve, la transformación no lo fue. Todo el 2025 fue un proceso de reencuentro. No fue inmediato ni perfecto. Volver a Dios no es volver al mismo lugar. A los 17 creía sin preguntas. Hoy, creo con dudas.
Lo más difícil ha sido mantenerlo presente en la rutina, reconocerlo en lo ordinario, incluso en las personas que me cuestan trabajo. Reacomodarme internamente. Aceptar que la fe, como la vida, es un camino sin atajos. Un proceso inacabado.
Pero ahí voy. Todavía tengo preguntas sin resolver. Pero Él esta presente y siento su amor: en las personas, en los acontecimientos, en mí. Y eso ha sido suficiente para devolverme la esperanza. Sé que la vida no dejará de ser difícil, que creer no me exenta del dolor. Ahora enfrento las cosas con la confianza de que no estoy sola.
Hoy, en la Epifanía del Señor, escribo estas palabras como ofrenda. No tengo oro, incienso ni mirra. Pero tengo mi vida, mi historia, mi gratitud. Este es mi testimonio: el de una mujer adulta que, en medio de la incertidumbre, se volvió a encontrar con Dios.
Y desde entonces, aunque siga con dudas, aunque a veces no escuche su voz como quisiera, camino con la certeza de que Él está. Y eso, me basta.
FIN









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