Mariana

El domingo conocí a Mariana, una gringa jubilada, a la que le calculo unos 75 años de edad.

Vive en Massachusetts pero organiza viajes de descanso para estadounidenses con destino a San Miguel de Allende.

El itinerario incluye practicar yoga en un centro holístico, el cuidado de su alimentación y la visita a Escondido Place, un balneario de aguas termales en las orillas de la ciudad, cuyo distintivo es que parece que improvisaron las albercas en medio del campo.

Coincidimos ahí mientras mi amiga Maribel y yo reposábamos en el tronco de un árbol, mirando la laguna del sitio.

Yo intentaba tomar una foto sorprendida por el paisaje inusual que nos regalaba aquél instante: se escuchaba el canto de los pájaros, los árboles se alborotaban con el viento, mientras el agua se convertía en ondas que chocaban con la orilla y con un montón de tilapias que efervecían muy cerca de la superficie.

Era un agasajo visual.

Mientras intentaba capturar el escenario, el perfil de Mariana se “atravesó” en la imagen. Primero intenté esquivarla pero me llamó la atención su lenguaje corporal: descansaba su cara en el brazo derecho y miraba fijamente el paisaje, parecía pensativa.

Mariana

Al mismo tiempo su cabello blanco también se movía como los árboles, pero ella ni se inmutaba.

Sospecho que se percató de que estaba siendo parte de mi encuadre, así que volteó, me sonrió y comenzó a charlar con un acento “gringo” que asomaba su dominio del español.

Nos contó que es vegetariana y en el jardín que rodea su casa, siembra la comida que consume. Hablamos por escasos 3 minutos hasta que sus acompañantes la llamaron para continuar con su ruta, tiempo suficiente para que su tono de voz y sus ojos me transmitieran paz.

La envidié por maravillarse sin la atadura de un teléfono celular, ni una cámara. Sólo llevaba un morral que hacía juego con su vestido de estilo étnico que le daba armonía a su cuerpo delgado. Incluso con su cara agrietada que delataba su edad.

Yo no sé si viva tantos años, pero me gustaría que aún con las señales del tiempo en la cara y el cuerpo sea capaz de sorprenderme por un paisaje como el del fin de semana, prescindiendo de la tecnología sólo para dejarme llevar.

Mariana se despidió con un “que lo disfruten”. Y nunca antes había sentido tan sincero un deseo como ese.

FIN

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