
¿Qué hay de malo con la incertidumbre?
Todo y nada.
Todo porque te arrebata la zona de confort, te obliga a explorar lo desconocido, a sentir el miedo, la angustia y reconocerte vulnerable. A la tentación de renunciar al titubeo para optar por lo «seguro» y lo «estable», al «apapacho «de las burbujas del pasado.
Pero navegar con la incertidumbre también significa cambiar de anteojos, vivir más consciente el día a día, disfrutar intensamente de una tarde en el parque en primavera, ver caer las flores violetas de las jacarandas, disfrutar de la familia, de organizar tu desorganización, y en cada despertar, recordar que tienes una nueva oportunidad para luchar por lo que quieres aunque las dudas a veces te quieran jugar chueco.
La incertidumbre, hoy más que nunca, me ha hecho u obligado a vivir el hoy como la única y absoluta certeza que poseo y que, por cierto, no estoy dispuesta a desperdiciar.

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