
Lo que más me gustó del Lago de Camécuaro en Michoacán fueron sus árboles.
Aunque el agua es cristalina, casi se me salen los ojos cuando me topé con los ahuehuetes y los sauces.
Este par son los únicos guardianes del lago.
Cientos de ellos lo acordonan, como tratando de protegerlo de la barbarie humana que los fines de semana lo convierte en balneario.
Las raíces de los ahuehuetes están expuestas en la superficie como venas a punto de salirse.
Parece que renuncian al anonimato de estar ocultas debajo del suelo, y funcionan de garras para afianzarse en la tierra. Igual y en un descuido saldrán corriendo usando sus raíces como pies.
Los sauces miden hasta 20 metros de altura y el tronco se retuerce en el aire como tentáculos de pulpo.
Sus ramas son tan grandes y peculiares que despiertan mi sospecha de que crecieron cual niños hiperactivos.

Algunos de esos árboles también tienen orificios muy grandes en el tallo donde cabe una persona. Uno de ellos se asemejaba a una boca gigante reclamando tanta pisadera.
Dicen que gracias al protagonismo de las venas de los ahuehuetes, el agua del lago se conserva transparente.
Confirmé ese dicho cuando vi a un tumulto de gente nadando con salvavidas del tamaño de una llanta de tractor y usando dos árboles como tendedero de trajes de baño y toallas.
Recorrí el lago con mi amiga Maribel durante una hora. Por momentos parecíamos pasar de un cuento de hadas a uno de horror. No precisamente por los árboles, sino por los ríos de humanidad dentro del agua.
Los ahuehuetes y sauces me gustaron más cuando los imaginé haciéndole justicia al Lago de Camécuaro, lanzándose en combate contra los humanos que los sábados y domingos depredan el sitio: árboles contra hombres, mujeres y niños… agarrando parejo.
Al fin sus raíces expuestas y troncos descontrolados servirían de látigos que estoy segura, les quitarían las ganas de meterse al lago otra vez.
FIN


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