Adiós Pepito

Mi tío Pepe fue un niño durante 73 años.

Era el mayor de los 9 hijos que procrearon mis abuelos Rosita y Serapio.

En su infancia, “Pepito”-como era conocido entre la familia y los vecinos- dio indicios de que era un niño “especial”, aunque en ese tiempo la gente consideraba “locos” a los que padecían discapacidad intelectual.

Mi abuelita narró un día a mi papá que Pepito tardó mucho en nacer pues tenía los pies hacia abajo.

“Cuando nació estaba todo morado”, dice mi papá parafraseando a mi abuelita.

Pero Pepito mostró habilidades sociales desde pequeño: era un niño juguetón y gozaba de la simpatía del barrio en Las Américas, risueño e intentaba con dificultad articular palabras.

Por poco tiempo cursó el preescolar, donde en una ocasión, mi papá y mi tío Felipe lo rescataron de contrabando al verlo castigado en un rincón sentado frente a la pared.

Nadie supo por qué lo reprendieron, quizá por travieso, quizá por juguetón, o quizá por ser un niño “loco” en los años 50´s.

Más tarde, Pepito aprendió el camino para llevar el almuerzo al trabajo de mi abuelo. Por años, recorrió todos los días 6 kilómetros desde Las Américas, a la calle Juan Valle en el Centro de León.

Aunque lo conocí poco, recuerdo a Pepito con la sonrisa en la boca. Jugando a hacer la seña de “amor y paz”, soltando una carcajada mientras se balanceaba hacia atrás, caminando por la banqueta de la calle Nueva York con una botella de Coca-Cola en la mano, escurriendo el mechudo oloroso a pinol después de limpiar el piso, o peleándose con mi tío Mario (q.e.p.d.), quien también tenía discapacidad.

En los últimos años su salud se deterioró: oía poco, tenía vitíligo y se apoyaba de una andadera para caminar. Pero su esencia aún irradiaba pizcas de ingenio.

-Por ahí dicen que ya no puedes caminar Pepito- lo vaciló mi papá hace unos meses.

Como un rayo, mi tío se puso de pie y tomó la andadera a toda velocidad demostrando lo contrario.

La última vez que lo vi todavía nos saludamos chocando los puños, esbozó una sonrisa temblorosa.  

El 2019 fue un tiempo difícil para él y la familia pues padecía dolores que apenas podía expresar con gritos en las noches.

Pepito falleció el domingo pasado. Su muerte me hace pensar en su vida.

Me imagino que ahora descansa en un sitio donde es un niño pleno: habla, escucha, sonríe, corre y juega libre con mi tío Mario sin castigos, irradiando su bella “locura”, tal como lo hizo a lo largo de sus 73 años en la Tierra.

Adiós Pepito.

Mi tío José Luis Álvarez Pérez «Pepito».
28 de julio de 1946- 5 de mayo de 2019

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