Un libro de historia es algo común, excepto si junto a él Shaquille O’ Neal o Michael Jordan parecen hormigas.
Eso es posible en un rincón del Parque Guanajuato Bicentenario, donde hay un salón que emula a una biblioteca gigante con más de 30 ejemplares.
Al entrar, uno literal, se vuelve y se siente chiquito, incluso cualquier estrella de basquetbol sería humillada.
Cada texto mide cerca de 3 metros de alto, todos acomodados al estilo tradicional sobre una estantería.
Para leer el título de las obras, hay que voltear hacia arriba como si buscaras la Osa Mayor o un eclipse lunar.
Todos son de historia a propósito de la temática del parque: Historia de Méjico de Lucas Alamán, Historia de la Conquista de México de William H. Prescott, Memorias para la historia de la guerra de Texas de Vicente Filisola, cinco tomos del Diccionario Universal de Historia y Geografía…
Mientras admiro el escenario surrealista digno de Alicia en el país de las maravillas, me imagino provocando una fuga expansiva de aroma a páginas viejas en un intento por abrir uno de ellos, solo por el simple gusto de aspirar su olor adictivo.
O a mi hermana Miriam – fan de las bibliotecas -, instalando una casa de campaña para vivir un tiempo hasta leerlos todos.
En ese salón habíamos hoy unas 25 personas acordonadas por ese condensado de ideas. La visita fue tan fascinante como imponente.
Esos libros significaron para mí el recordatorio de lo monumental que es el conocimiento, la relevancia del pasado, y la pizca que somos cuando dimensionamos el tamaño que ocupamos en el mundo.
Fin





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