Sombras

Días previos a Halloween salí a caminar al parque de la colonia, un jardín lineal que recorre un canal seco pero rodeado de árboles, pasto, canchas y aparatos para ejercitarse.

Eran las 9 de la noche, hacía frío y mientras caminaba con mi perra Nuni, pensaba en la mala idea de haberme puesto licras capri, pues el viento era helado y no había barrera que impidiera a mis pantorrillas erizarse.

Varias casas del fraccionamiento estaban adornadas con calabazas, fantasmas inflables y arañas gigantes simulando escalar las ventanas con patas y panzas de escarcha negra. Otros vecinos más intensos pusieron una bocina en la cochera por donde brotaban lamentos de “¡Aaaay mis hijooos!” seguido de unas risas macabras.

Además, como si se tratara de una conspiración de temporada, estaba más obscuro de lo habitual, pues el alumbrado público se había fundido.

En una parte solitaria del trayecto, le quité la correa a Nuni y corrió cual galgo en competencia hacia un punto más negro del cauce.

La seguí mientras arrugaba los ojos tratando de enfocar su silueta flaca y escurridiza, pero la perdí de vista. Di apenas unos pasos y a lo lejos vi un árbol que por su tamaño sobresalía del resto.

Seguí caminando y unas formas extrañas me hicieron revirar hacia el pie del tronco. Eran unos cinco bultos redondos que al tratar de enfocarlos me dieron la impresión de ser unas cabezas humanas.

Sentí horror. Caminé despacio, se me aceleró el corazón, busqué a Nuni con la mirada y no la encontré.

Me quedé en blanco. Por un lado una escena así en mi país no sería descabellada. Pensé en regresar a un sitio iluminado, pero al final me acerqué confiando en la miopía o en la idea de que se trataba de otro adorno de un vecino apasionado.

Unos cuantos pasos después, se aclaró el paisaje: eran parte de las ramas del árbol torcidas y entrelazadas a ras del suelo. Las sombras proyectadas parecían formar unos chipotes que confundí con una imagen tétrica.

Sentí alivio y al mismo tiempo me reí por haberle hecho caso a la imaginación hasta ese punto.

Días después volví al sitio, pero por el otro lado del canal. A unos 50 metros me pareció ver entre las sombras la figura de un cocodrilo inmóvil, segundos después resultó ser un montón de piedras.

Quizá esos días estaba sensible pero mi mente se puso creativa y además crédula a las formas amenazantes.

Me llama la atención cómo las sombras pueden engañarnos.

De niña, cuando apagaba la luz para dormir, solía pensar que había una persona parada frente a mí, pero cuando encendía la lámpara se trataba de una toalla inmóvil e indefensa colgada en el perchero. Bastaba un poco de obscuridad para convertirse en un asesino esperando a que cerrara los ojos para atacarme.

Había otras noches en las que simplemente los bultos me parecían espectros que me atormentaban y espantaban el sueño.

Pero 25 años después de que me dejé llevar por la fantasía, me descubrí otra vez como la niña temerosa, insegura y con miedo.

Traslado esa comparación con las sombras internas, a las que he temido en muchos momentos. Primero al indagar en ellas, verlas, conocerlas y enfrentarlas.

Al principio, cuando no tienes clara la sombra interior se siente el mismo miedo que como con las del parque. Titubeas, te resistes, cierras los ojos o das media vuelta para huir a un sitio seguro.

Me pasó igual que cuando estaba niña, mientras no me acercara o comprobara de qué se trataba, seguía creyendo que era un monstruo dañino.

Ver las sombras no es agradable, en el camino se forma una barrera en la que el miedo está en medio, confundiendo todo. Te hace creer que lo que ves es malo y horrorizante, que lo que parece ser, sí es; y además se apoderará de ti hasta aplastarte.

Las sombras tienen nombre: inseguridad, tristeza, dolor, miedo al fracaso, miedo a la soledad, miedo al qué dirán, enojo, ansiedad… por hablar de unas cuantas. Ver todo eso asusta, darse cuenta no es agradable y sentirlas, menos. Con justa razón le sacamos la vuelta.

Pero al igual que con las sombras físicas, las internas pueden ser solo un espejismo. Existen, claro, pero acercarse a ellas y reconocerlas puede ser menos terrorífico de lo que en realidad son.

Lo que aparentaba ser una decapitación, eran raíces de árboles; un cocodrilo, un montón de piedras; y un asesino, una toalla colgada. La mente puede ser el mejor o peor enemigo, no tiene límites y por sí sola distorsiona la realidad. El reto es distinguir lo que es cierto y lo que es miedo.

Encontré a Nuni, le puse la correa y terminamos la caminata nocturna. Al final el paseo me ayudó a tener presente que cuando una sombra interna se asome, tengo la opción de verla con una dosis de confianza y paciencia. En una de esas solo es como una toalla colgada en el perchero a la que le hace falta un poco de luz.

FIN

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