Un viaje impostergable de mi amiga Lolita, me llevó a cuidar a Almendra, su perra pug de un año y a sus siete cachorros.
Pensé que sería un buen ejercicio familiarizarme con la idea de convivir con otras mascotas, pues semanas atrás le pedí quedarme con uno. El fin de semana que los atendería coincidió además con un aislamiento obligado debido a un caso de covid en la oficina, así que opté por encerrarme hasta tener los resultados de la prueba, y solo visitar a los canes.
Antes de irse, Lolita y su novio me dieron algunas instrucciones: mezclar las croquetas con Pollo Feliz del refrigerador -el favorito de Almendra-, tibiar el agua a sus crías con fórmula según las porciones indicadas en el envase, y hacerles compañía. Era una experiencia nueva para ambas: nunca antes la mamá pug había estado sola por tanto tiempo y yo, basta decir que mi experiencia se limita a tener un perro en mi vida.
El primer día, en cuanto se percató de mi presencia, no paró de ladrar. Subió las escaleras y desde el último peldaño muy cerca del corral de sus hijos, parecía haber visto a su peor enemigo. Me entró miedo, y al pensar en que podría morderme se me ocurrió hacer un camino de pollo como estrategia para asegurar que comiera, y de paso inspirarle algo de confianza. Dejé un trozo en el piso tres escalones debajo de sus patas, se acercó lento sin perderme de vista con su respiración agitada y escandalosa. Lo olió, pero también a mi trampa fallida, pues al agarrarlo regresó al mismo sitio donde volvió a gruñir.
Repetí la operación siete veces colocando cada vez más lejos el anzuelo hasta conseguir que llegara a su plato en la planta baja. Ahí le hice ensalada con Dog Chow pero ni con eso se calló, para entonces imaginé mi tobillo prensado en sus fauces cuando me acercara a sus vástagos. Respiré hondo.
La leche estaba lista, pero yo no. Resignada y dispuesta a terminar mi compromiso del día a costa de una posible cicatriz, subí al segundo piso donde me esperaba una horda de chillidos amontonados. Su madre y yo no dejábamos de vernos, las dos advertíamos peligro, me dispuse a servir la leche despacio y en ese momento guardó silencio, lo que aproveché para invitarla a subir conmigo al sillón. No sé si fue arrebato o inercia, pero la acaricié y respondió cerrando los ojos; tomé la correa y salimos a caminar unos minutos.
Para los siguientes días ya más relajadas, me recibió en dos patas y seguía cada uno de mis pasos. Esa tarde mientras cumplía con el ritual, mi propio estornudo me hizo tomar conciencia de que podría estar contagiada de covid, pero caí en la cuenta de que mi única opción al igual que Almendra, era esperar.
El lunes, la pug parecía intuir que sus amos estaban a horas de llegar, pues al verme dio pequeños brincos. Me causó tanto gusto que fantaseé contando la anécdota como un caso digno de presumir a César Millán, aunque ese orgullo se desvaneció al percatarme de que todas las veces anteriores le serví a los cachorros más fórmula de la indicada, corroborando que mi éxito en las matemáticas y mi sueño de salir en El Encantador de Perros, eran mera utopía.
Ahí, también me llegó la nostalgia de la última visita. “Te voy a extrañar”, le dije, y por primera vez me lamió la mano. Durante la noche recordar sus colas enroscadas y caras chatas me dio ternura, a la par sentía un peso menos pues recién me enteré de que todos en el trabajo resultamos negativos.
Días posteriores le confesé a Lolita mi error en las porciones, se carcajeó diciendo “sí nos dimos cuenta”, pues además de que el envase estaba casi vacío, notaron a los perros más panzones. Ya que estábamos en aclaraciones, me reveló que en el recipiente dejaron dos pollos rostizados, por lo que no contemplaban que se lo terminara en tres días. “Con razón te extraña”, contó mientras me ruboricé entre una mezcla de pena y satisfacción.
Al recordar lo sucedido, concluí que el mismo día la perra y su cuidadora calmamos nuestra ansiedad: para ella sus dueños estaban de vuelta y yo, libre del virus; la diferencia radicó en el proceso previo, pues creí que los pugs necesitarían de alguien, sin sospechar que ganaría una amiga en medio de la incertidumbre que con Almendra y su familia, fue más llevadera.


Los cachorros de Almendra 
Ambas en nuestro último día juntas 
Almendra y sus siete pugs

Deja un comentario