SUBMARINO

Después de nueve años, finalicé un tratamiento terapéutico parecido a un viaje en submarino con destino a las profundidades de mi persona.

Aunque ya transcurrió un mes de la última sesión, escribo todavía con emociones encontradas, consciente de que lo narrado a continuación puede ser irrelevante para algunos, pero es importante para mí compartir lo que hasta hoy es la mejor inversión de mi vida.

Conservo una sensación parecida al fin de unas vacaciones largas mientras desempacas y recuerdas con nostalgia todo lo experimentado, y aunque si bien tengo la necesidad de abordar el tema, no sabía cómo resumir una travesía que no fue precisamente un descanso, sino por el contrario, implicó mucho trabajo.

En febrero de 2013 llegué por primera vez al consultorio de Ivón derivado de una recomendación de mi hermana mayor, también psicóloga. No tengo muy claro ese día, pero sí que era una Noemí que ya no reconozco.

Era tal mi inseguridad que no estaba convencida de estar ahí, me sentía perdida pero tampoco lo sabía, intuía no sentirme bien y en parte me pesó la sugerencia de mi hermana, quien siempre ha tenido influencia en mis decisiones. Mi única certeza era percibir un bache interior sin conocer su magnitud ni origen.

Foto tomada de istockphoto.com

El motivo inicial de consulta fue mi incapacidad para terminar una relación sentimental dañina, aun cuando deseaba no estar ahí. Con el tiempo, eso fue la punta del iceberg, debajo había tanto por conocer, entender y acomodar; y nada de eso tenía que ver con un noviazgo tóxico, sino más bien con un terror a la soledad y buscar a como diera lugar, evitarla. Así inició el camino asistiendo una vez por semana.

El trayecto costó, y mucho. Para empezar, encontré difícil adaptarme al método psicoanalítico en el que a través de catarsis se explora el inconsciente del paciente y el psicólogo interpreta. En términos prácticos, cada sesión me sentaba en un sillón frente a Ivón para hablar de lo que deseara sin restricción, pero al mismo tiempo sin aparente estructura. Cincuenta minutos exclusivos para expresarme con total libertad, no había juicios ni límites y, por momentos, ella intervenía para preguntar por qué me sentía, actuaba o caballa tal cosa o hacía algún comentario que siempre le daba un giro a mi discurso, pues sus planteamientos me orillaban sin excepción, a ir hacia adentro.

En retrospectiva, acomodarme a esa técnica me llevó quizá un par de años, pues me causaba ansiedad sentir la ausencia de un “cómo estás» de parte de Ivón o parecerse nada a una charla de café; pero ese conflicto también fue sujeto de análisis, pues sentirme ignorada me ponía mal, mi existencia e importancia dependía de los ojos y comentarios de las demás personas. Eso con frecuencia me orillaba a no saber poner límites o hacer o decir cosas que no deseaba con tal de quedar bien y evitar rechazo, una sensación que a su vez me hacía sentir muy sola.

Cual cirugía, gradualmente abrimos mis capas internas para llegar a la causa del malestar. Y claro eso no era agradable, porque para sanar tuvimos qué indagar juntas mi pasado. Si pudiera compararlo, conocer y revivir las heridas de la infancia fue como rasparme las rodillas en el pavimento y luego frotar la carne viva con los dedos; y mientras más profundas, el dolor era proporcional.

Siguiendo la metáfora del submarino sumergirme implicó sentir la presión y obscuridad del fondo. Mientras más hondo, implicaba mayor esfuerzo descender y siendo franca en muchos momentos quise abandonar. Y es que el viaje fue todo menos lineal, osciló entre sesiones que acomodaban pensamientos y otras terminando adolorida y bombardeada de confusión.

Perdí la cuenta de las veces en que de vuelta a casa seguía llorando y cuestionándome al mismo tiempo el motivo de ir a un sitio donde hablaba de temas que me causaban enojo o tristeza, como si eso fuera algo negativo…  también asegurándome “es la última vez que vengo”. Pero me presentaba a la siguiente y así hasta cumplir nueve años. Todavía lo pienso y regresaba porque después de la aflicción, durante la semana surgían nuevas reflexiones y la necesidad de hablar de eso que calaba, pues al mismo tiempo, verbalizarlo era liberador.

Los cambios fueron graduales pero determinantes. Un año después de haber llegado corté la relación sentimental de manera definitiva y para el siguiente, inició mi camino a la independencia. 

TOCAR FONDO

Pero sumergirme tomó más tiempo del que imaginé. A finales de 2015 conocí el pavor que me daban los cambios, porque los acompañaba una sensación de soledad aniquiladora.  En ese tiempo recién me emancipé lo que me motivó a tener dos trabajos y espaciar las sesiones una vez cada 15 días, además atravesaba estrés que no supe gestionar, hasta el colapso.

Una serie de episodios de ansiedad me llevaron a consulta psiquiátrica en vísperas de la Navidad. Diagnóstico: crisis de pánico con agorafobia del cual permanecí varios meses en tratamiento (para más detalles escribí sobre el tema en otra entrada del blog). Ahí descubrí el tamaño de mi miedo, el mismo que paradójicamente me hizo sentirlo más que nunca. Aunque mi familia y amigos más cercanos estuvieron, tenía una sensación de vacío insoportable, creí literal que iba a morir o a enloquecer. También se reflejó físicamente, durante las crisis mi cuerpo estaba rígido y hormigueaba, no quería salir ni ver a nadie y entre otras cosas dejé de hacer cosas que disfrutaba como ir correr, pues el simple hecho de sentir el corazón latiendo me desencadenaba ansiedad por creer que podría ser un infarto.

Ese fue el momento más álgido de estos nueve años, me desconocí al punto de no saber quién era ni qué me pasaba, perdí todo el control de mí hasta el caos.  Después de medicamentos, ejercicios cerebrales y varios meses, me recuperé y junto con eso, mi cotidianeidad.

En perspectiva, haber tocado mi fondo hoy tiene un significado diferente, pues ese hecho en apariencia abrumador, fue necesario para empujarme a la superficie, tomar algo de oxígeno y continuar. Nunca pensé en decirlo, pero de esa experiencia hoy solo tengo gratitud, pues de alguna manera fue mi tope, me vacié. Y aún con eso el submarino siguió el recorrido.

Pasó el tiempo y los cambios fueron una constante, ya más repuesta me pareció empezar de cero: me mudé de ciudad y trabajo, conocí personas y me convencí de nunca alejarme de mi profesión porque eso le daba sentido a mi vida. Todos esos movimientos pusieron a prueba mi histórico temor, pero no me morí como lo llegué a pensar, sobreviví y después de un año y medio de aquellos eventos, sentí cómo volvía a disfrutar la vida.

Tengo presente que uno de los primeros momentos en los que experimenté otra vez la alegría fue una mañana lluviosa en Guanajuato, caminaba rumbo al trabajo y compré un capuchino en el trayecto, sorbí la espuma y mientras llegaba a mi destino me dio felicidad estar en un lugar bonito, haciendo lo que me gustaba, sentí el corazón ardiendo pero esta vez sin miedo, porque era el indicio de que estaba viva. Parece algo tan simple, pero tras un lapso de obscuridad, eso supo a gloria.

Después de cumplir varios años en terapia, también dudé. Mientras aumentaban las sesiones a dos por semana, personas cercanas cuestionaron en varias ocasiones “por qué llevaba tanto tiempo”, o si no era dependiente ya de la psicóloga, preguntas que me hacían ruido y molestaban porque de algún modo yo también las tenía y que en su momento las expresé a Ivón. Su respuesta fue que “había pacientes que duraban hasta 10 años”. Al principio no le creí, sin imaginar que me faltó uno para comprobarlo, pero no hizo falta, no es tarea sencilla tocar lo más profundo de una misma y luego acomodar las cajas de pandora destapadas.

Con más certezas que vacilaciones, seguí porque encontré un espacio exclusivo para mí, dedicado a examinarme, me confronté y honestamente aguanté bara, porque escuchar y ver mis lados flacos, lo que no me gusta, mis errores y asumirlos no estaba chido, ahora entiendo por qué es más «sencillo» culpar a otros de nuestras desgracias o para acabar pronto, ejercer el victimismo.

A MITAD DEL CAMINO

Pasaron cinco años y se incrementaron las sesiones a tres por semana, eso implicó un esfuerzo en todos los sentidos, no solo económico, sino también de energía y disposición; para entonces me di una oportunidad en el amor cuando atravesaba el desafío profesional de emprender, algo que me corroboró la capacidad para generar abundancia con mis propias herramientas. Ese hecho fue muy simbólico porque lo considero un reflejo de cómo me estaba sintiendo, más segura de mi capacidad para darme lo que necesitaba emocionalmente, pues con lo que tenía era posible sostenerme y vivir tranquila.

En varias ocasiones intenté finalizar la terapia, pero siempre escuché la misma respuesta de Ivón: «Yo todavía veo cosas por trabajar». Sus palabras me enojaban, pues pensaba que ella sabía algo de mí que yo desconocía y no me las compartía; después de tantos años, su apoyo y acompañamiento yo seguía sin poder confiar por completo, no por ella, sino por mí, mi percepción confirmaba su comentario.

Luego vino un reto adicional: pasar del sillón para hablar recostada en el diván, es decir sin verla, todo un tema de análisis pues al principio me resultó muy incómodo. Fue interesante escudriñar los motivos, entre ellos mi necesidad de sentirme aprobada y vista; pero poco a poco me relajé y desapareció la ansiedad de notar sus reacciones. Para mí significó un paso a confiar y sobre todo a tener un diálogo sin esperar algún gesto o comentario y, por ende, del entorno. Una vez más lo que pasaba en el consultorio también era sujeto de estudio.

Yo creo que a partir de ahí vino la reconciliación con mi historia, con quien fui, con lo que me tocó, y a dejar de pelearme o esperar que alguien más hiciera lo que es mi responsabilidad proveerme. Las piezas sueltas empezaban a embonar. Una de las cosas más bellas fue descubrir que en la obscuridad o acontecimientos duros del pasado no fueron tan malos, porque me permitieron desarrollar herramientas para la vida y también eso define lo que soy.

Con la pandemia la terapia se volvió más indispensable que nunca. El Skype fue una de mis aplicaciones más usadas, el canal de comunicación con Ivón que me permitió transitar con paciencia la incertidumbre de esos días cuando el mundo cambiaba de una forma inesperada y se hallaba de cabeza.

A finales de 2020 inicié un nuevo proyecto personal traducido en cambios laborales y de casa, me di la oportunidad de experimentar con la idea de que si no funcionaba lo peor que podía pasar era ganar experiencia. En este último camino tomé decisiones en función por primera vez en todos estos años de que necesitaba espacio para mí, sin buscar suplir la “soledad” con otra persona.

Ya en octubre de 2021 le planteé a Ivón la idea de cerrar el tratamiento antes de finalizar el año y esta ocasión coincidió conmigo, algo que no me esperaba, excepto porque me propuso replantear la fecha para mayo de 2022. En un inicio me pareció exagerado esperar más de medio año para concluir, pero ahora lo entiendo y se lo agradezco. Los últimos seis meses hablamos del duelo por concluir esta etapa y estuve muy consciente de que esta vez no quería engancharme de alguien para evitar la creencia de estar sola por dejar de verla, pues después de estos años su presencia se volvió básica.

EL FINAL DEL VIAJE

Y así, hace cuatro semanas el submarino salió a flote. A nueve años de aquella primera sesión considero que mi “examen final” por llamarlo de algún modo, es la comparación de cómo llegué a terapia y cómo estoy.

Hoy sigo siendo Noemí pero me siento distinta, habito el mismo cuerpo pero algo en mí cambió, incluso físicamente no me reconozco igual. Si pudiera resumirlo considero que conocerme y comprenderme condujo a la aceptación y eso a su vez a estar mejor plantada en el mundo, convivir de manera diferente conmigo y con quienes me rodean, valorar la presencia de mis seres queridos aunque eso a veces implique tomar distancia o aprender a relacionarme de otra forma en algunos casos.

Sé muy bien que mis heridas siguen ahí, pero todos estos años trabajé para curarlas y cerrarlas. Hoy las veo y distingo con paciencia porque también son parte de mi historia, veo mis fantasmas y monstruos sin temerles y en momentos donde me siento insegura tengo la sensación de abrazarme, darme chance y confiar en que voy a estar bien.

Pero también navegar en mi interior me permitió distinguir y apreciar otros paisajes, bellos arrecifes que me ofrecen una visión más equilibrada, compasiva y sin juicio de mí misma, soltando la necesidad de aprobación y atención de las demás personas a cambio de no sentirme sola.

Hoy puedo decir que los tiempos difíciles me permitieron valorar tener un trabajo que me gusta, una familia que no es perfecta pero se respeta y quiere a su manera; disfrutar de los pequeños detalles como prepararme un espagueti de vez en cuando acompañada de una copa de vino mientras veo Netflix en casa, salir a jugar con mi perra y pasar tiempo con amigos.  

El autonocimiento desafió mi valentía y fuerza de voluntad, mi mayor logro personal del que me siento orgullosa, la evolución más cabrona e intensa. Tener la certeza de quién soy y el control de lo que está en mi cancha me brindó al mismo tiempo la seguridad de tener bien sujetas las riendas de mi vida reconociéndome y valorando lo bonito, pero también aceptando aquello que no me gusta tanto sin clavarme ni tirarme al drama sino más bien buscar cambiarlo, a ser autónoma pero también saber cuándo pedir ayuda y a quién.

Conocerme y ser más consciente de mí fue un salto que se expandió en todos los ámbitos de mi vida. Algún día en el transcurso de estos años me pregunté si me tomaría un café conmigo misma y la respuesta fue negativa, al encontrar los motivos descubrí que tenía un autoconcepto devaluado; no era capaz de verme ni encontrarme las cosas lindas. Ahora he aprendido a disfrutar la soledad y a reconocer también cuando no quiero estarlo.

No soy perfecta ni aspiro a serlo, tampoco pretendo compararme ni competir con nadie, sé que me seguiré equivocando, pero me tranquiliza saber quién soy y la libertad que poseo de elegir mi propio camino.

Cada peso invertido, minuto transcurrido y lágrima derramada lo valieron y además se multiplicaron a manera de paz interior, que no tiene precio. El consultorio se transformó en un espacio seguro y libre, dedicado solo a mí, a entender esta loca cabeza que vivió mucho tiempo atormentada en constante angustia y sin control de lo único que está a mi alcance, mi persona. La terapia me liberó de las cadenas que me impedían ser yo misma por quedar bien con otros a costa de sacrificar mis propios deseos.

Hoy después de nueve años estoy agradecida por la oportunidad de estar ahí, por la recomendación de mi hermana, el acompañamiento y profesionalismo de Ivón, quien se convirtió una persona sumamente importante y especial a quien guardo un enorme cariño.

Estoy consciente de que soy privilegiada por la posibilidad de permanecer en un tratamiento, pero también sé del esfuerzo y los sacrificios en todos los sentidos que me implicó. Hoy sin duda puedo decir que las cosas se acomodaron hasta llegar a un punto en el que aun con las tribulaciones de la vida, prevalece en mí la paz.

Pero eso no me hace Gandi, monje tibetana ni la Madre Teresa… me sigo enojando y hay momentos en que llega la tristeza, pero conocer estas emociones a las que les tuve miedo y huí por tanto tiempo, me ayuda a transitarlas hoy con más serenidad.

Sigo con el sentimiento encontrado pero a la expectativa de lo que viene y toca hacer ahora con lo construido durante el recorrido. Sentí que bajé del submarino y ya en superficie avanzo llena de aprendizajes, como pisando arena con los pies descalzos y entre la brisa del mar, consciente del presente y la única certeza de vivir un precioso momento del que me surgen unas inmensas ganas de transformar lo que tengo en lo que quiero.

Después de navegar en este submarino sé que el iceberg permanece ahí, pero ya no le temo, algunos pedazos se movieron de lugar, pero sigue flotando y yo salí a la superficie en la recta final de una travesía que promete nuevas experiencias, con la gran diferencia de que ahora las haré con un alma más reparada.

FIN ♥

Y por acá dejo un poema sobre estos viajes interiores…

Itaka

Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.

Ten siempre a Itaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Itaca te enriquezca.

Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.

(Extracto del poema Itaka, de Kavafis)

2 comentarios sobre “SUBMARINO

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