Este 30 de abril, la mejor forma de honrar a mi niña interior fue cumplir una meta de la que me siento orgullosa: correr.
Fui una niña inquieta y llena de energía, quería ser gimnasta pero la vida me llevó por otros caminos. Quizá por eso conecté con este deporte, además de lo relativamente sencillo que es practicarlo y poder hacerlo casi en cualquier lugar con un par de tenis (o incluso sin ellos).
Quiero escribir muchas cosas pero a veces las palabras se quedan cortas para narrar el gozo de lograr un objetivo de varios meses de preparación que en suma acumularon 386 kilómetros en frío, lluvia y mucho calor
; pero sin duda de vencerme a mí misma cada una de las veces; eso me hace sentir muy poderosa.
Estoy feliz de regresar a los 21k, de empujarme a “correr en serio” como diría Murakami, a tomar la decisión de aventurarme a un viaje hermoso que me ha permitido reforzar y conocer amistades, compartir charlas en el trote, de correr antes y después del sol. Será la edad pero curiosamente en esta ocasión me encontraba más nerviosa, a pesar de haberme preparado mejor y a consciencia, pero con el paso de los kilómetros me sentí fuerte y agradecida de poder estar ahí, al fin. Definitivamente, valió la pena.
Y pues escribo esto devastada, con las piernas adoloridas y deseos de moverme en grúa, pero con el corazón bien contento y la satisfacción de poder decirle a la Mimí de la infancia que toda esa energía sería útil para, algún tiempo después, seguir rompiéndola. ![]()


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