VOLAR

3:08 p.m., julio 15. Estoy a 10 mil pies de altura, veo las nubes debajo y cada vez más lejos.

Hace cinco minutos apreciaba la punta de los cerros al ras de mis ojos y ahora, desde aquí, parecen montones de tierra apilados y pellizcados. Entre ellos, de repente aparecen rastros de pueblos o ciudades, pero a esta distancia se asemejan a una pieza más de un rompecabezas infinito.

Media hora atrás despegó el Airbus A320 con cupo lleno de Guanajuato rumbo a Cancún. Me tocó ventanilla y observo a mi alrededor a los pasajeros que, sin saberlo, hoy están siendo parte de mi examen final de la ansiedad. En el mejor de los casos pasaré desapercibida, pero si repruebo, es posible que estas personas atestigüen mis gritos desesperados recorriendo el pasillo cual Marge Simpson enloqueciendo y pidiendo salir.

Después de las crisis de pánico hace siete años, sabía que este era el momento que revelaría si ese capítulo de mi vida estaba superado. Desde entonces, decidí no pisar un avión porque en su interior hay cosas que podrían descontrolarme: un lugar cerrado desafiando mi claustrofobia o la idea de pasar algunas horas sin la posibilidad de huir y nada por hacer más que esperar la  llegada.

Así pues, a varios kilómetros de distancia entre mis pies y el suelo, estoy en medio de la prueba con tal de disfrutar unas necesarias vacaciones. Eso es lo que le da sentido ahora, decidí hacerlo porque si quería placer, esto también era parte del proceso.

Cuando me diagnosticaron agorafobia y pánico, el hedonismo conseguido en el mar hubiese sido insuficiente para estar aquí, pues el miedo irracional se desencadenó mientras manejaba en medio de un tráfico paralizado y yo frente al volante sintiendo salirse el corazón, el cuerpo inmóvil y aterrorizada sin la posibilidad de escapar. Así que, por varios años, volar no solo estuvo descartado, sino que dudaba poder volver a transitar esa experiencia.

A minutos de despegar avanzamos todavía por tierra y apareció la taquicardia. Me puse los audífonos, sentía por las manos el recorrido de un ejército de hormigas y respiré profundo varias veces mientras arrancábamos a toda velocidad para elevarnos.

Con las entrañas a tope, el avión se levantó. Seguíamos inclinados y se percibían movimientos en el aire, vi de reojo la ciudad y la forma en que segundo a segundo casas, autos, personas, cada vez se veían más pequeños hasta no distinguirse. Inhalé y exhalé despacio, quizá pasaron algunos minutos y tuve la sensación de que ya íbamos más lento y recto. Aquí comprendí por qué Homero le sugirió a Marge embriagarla hasta la médula como remedio para calmarse. Por desgracia -o fortuna- no se me ocurrió pedir un tinto.

Siempre he pensado que el despegue es el momento más estresante del itinerario, cuando sabes que tienes el dominio de nada, quizá sólo de ti, y si acaso… porque si los nervios ganan, no hay nada por hacer más que soportarlos.

Porque eso significa volar, que nada controlas, ni podrás moverte o correr, solo esperar. En ratos me daban ganas de decir “bajan” pero no era el autobús. Ya estabilizado, me asombra saber que estamos en el aire, entre nubes. Tan extraño como fascinante. 

¿Cómo puede ser esto posible? me cuestioné al ver esas grandes masas de vapor suspendidas rezagándose a kilómetros hasta parecer bolitas de algodón. Ahora, mucho más lejos, observo un banco de ellas y de ahí para arriba no parece haber nada más que cielo.

De vez en cuando nos movemos un poco de un lado a otro, como una vibración ligera suficiente para sentirla. Mi aceleración cardiaca ya casi se esfumó y recuerdo que hace más de 10 años en un trayecto rumbo a Seattle, tuve un desmayo por unos segundos. Estaba dormida y el cambio de presión a punto del aterrizaje me despertó con náuseas; intenté pararme al baño pero gradualmente perdí la visión y oí todo lejano. “Me siento mal”, le dije a mi hermana Miriam en aquella ocasión. Tomó la revista del asiento delantero y me hizo aire, en cuestión de minutos el momento había quedado en susto.

“¿Y si me pasa igual?”, me pregunto a mitad de este recorrido. “Ni modo”, respondo.

Media hora después, el capitán Oliva anuncia por el altavoz que estamos a 11,250 metros sobre el nivel del mar y viajamos a una velocidad de 850 kilómetros por hora, con una temperatura exterior de menos 40 grados centígrados. Aunque el dato me asombra, no sé si pedirle callarse o ponerme los audífonos, pues 150 kilómetros por hora en carretera me generan un nivel de angustia suficiente y con 5 grados centígrados siento congelarme, así que opto solo por anotar el dato en mi teléfono.

Entramos a Tampico para tomar el Golfo de México y la línea entre la tierra y el mar brinda una vista hermosa. Apenas una hora atrás nos hallábamos en el centro del país, esto es una locura. ¿Estamos en el aire, es en serio? ¿en este aparato que en tierra parece tan imponente y pesado? ¿en el que aquí se mueve como un papel y si volteas desde tu casa al cielo parece tener el tamaño de un juguete? por eso también es una experiencia única, aunque te la platiquen nunca sabrás lo que se siente hasta vivirla. 

Desapareció el hormigueo casi por completo, solo escucho ese ruido constante de las turbinas, platico con mi acompañante durante una hora, como una de tantas pláticas de café que hemos tenido en tierra. Estoy más relajada y de vez en cuando veo el paisaje.

Un rato después los oídos se tapan por el cambio de altura, ya descendemos, las nubes vuelven a verse más cerca. Anuncian el aterrizaje y pienso en el desmayo, respiro profundo. Aparece el azul profundo de Cancún y luego la selva desde esta vista insólita. El capitán menciona que pasamos por la isla de Holbox y se rompe el silencio, la gente incluida yo hacemos una expresión de alegría. Ese será uno de mis destinos.

En el descenso se aprecia una capa de árboles y vegetación por todos lados, bajamos más y más hasta tocar salvajemente el suelo, aún así siento que de a poco el alma me regresa al cuerpo. No perdí la visión ni dejé de escuchar. Nos detenemos.

5:01 p.m. las nubes se quedaron arriba, muy alto. Los pasajeros bajan como si nada, soy otra más del grupo y nadie me ve recordando un capítulo de Los Simpson. Desabrocho el cinturón, agarro la maleta y también me incorporo al rompecabezas sin fin. Llegamos. 

 Prueba superada.

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