Hace un mes terminó mi viaje a Perú. No pensé escribir algo justo ahora, pero negarlo también sería subestimar mi propia sincronicidad. Esa aventura duró 12 días, pero en realidad comenzó mucho antes, en 2017 cuando conocí a Bernardo por internet. El encuentro fue muy orgánico, entre letras comentando nuestros blogs, pero gradualmente la virtualidad evolucionó hasta que, siete años después, cambiamos las pantallas por el aeropuerto de Lima.
Siempre he sido una idealista de la amistad: un lazo de ida y vuelta elegido, libre, donde alguien decide aceptarte y quererte sin otra razón más que el hecho de ser quien eres. Y este viaje, además del privilegio de conocer otro país, significaba también la confirmación de un vínculo forjado a más de 4,000 kilómetros de distancia, pero que ahora se materializaba en la misma geografía, en el mismo aire y en las mismas calles.
Desde el inicio, la travesía estuvo cargada de primeras veces: viajar sola fuera de México, conocer Perú, organizar un itinerario sin ayuda de una agencia, cumplir el sueño de encontrarme con Bernardo en persona y de ver Machu Picchu. Era un cóctel de emoción y vértigo que por momentos se tornaba abrumador, pero, aunque una parte de mí tenía miedo, en el fondo siempre supe que lo haría eligiendo hacerle caso a la confianza. Así que lo organicé en dos partes, la primera en Chincha, donde reside él, y la segunda en Cusco, la zona más turística del país donde se halla el corazón del Valle Sagrado de los Incas.
El resumen es que fueron 12 días de un subibaja de emociones. Convivir con Bernardo, escuchar su voz en vivo, compartir y conversar con un café frente al oasis de la Huacachina, sentir la adrenalina y velocidad en los tubulares del desierto, brindar con pisco y conocer a su círculo cercano (mención especial para Julio, María Angélica, Lily y Mini). Luego vino la segunda parte del viaje: estar sola y ser mi propia compañía en un país distinto. Experimentar y asumir la independencia absoluta y encontrar en ella una extraña familiaridad. Porque, aunque considero que sé y disfruto de estar sola, una cosa es saberse así en la cotidianidad y otra muy distinta es descubrir qué se siente vivirla en otro sitio, lejos de todo lo conocido.
Esos días no solo me regalaron paisajes impresionantes que aún resuenan en la memoria: el río Urubamba serpenteando entre montañas, la imponencia de los Andes, el aire místico de Machu Picchu, el reflejo de la laguna Humantay; sino que también sacudieron algo más profundo, me regalaron momentos de introspección y gratitud, de encuentros y charlas inesperadas con otros viajeros y conmigo misma, de sentir la presencia de Dios en la inmensidad de su creación.
Dicen que los viajes ilustran, y a un mes de éste, considero en lo personal que Perú me dio perspectiva. Alejarme de la rutina me permitió verla con más claridad y darle su justa dimensión. También reafirmé lo que ya intuía: la presencia física en los vínculos es irremplazable. Mi amistad con Bernardo no solo resistió el paso del tiempo y la virtualidad, sino que se fortaleció en la presencia real y tangible. Entendí que, así como un viaje no empieza ni termina en el aeropuerto, la amistad tampoco depende de coordenadas geográficas.
Hoy, en febrero, mes que celebra la amistad, agradezco todo lo vivido, la certeza de que los lazos auténticos trascienden los kilómetros y el tiempo; y si el destino nos regala la oportunidad de compartir el mismo espacio, hay que abrazarla con todo el corazón. El Perú me dio mucho desde antes de pisarlo, también mientras estuve allí y me sigue dando hoy mientras escribo estas letras. Gracias Perú, gracias amigo, por tanto. Nos volveremos a encontrar. ♥



























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