Inició el verano y hace frío. Trece grados en esta ciudad donde, por estas mismas fechas en años pasados, nos derretíamos acariciando los cuarenta. A estas alturas solíamos hablar de olas de calor, escasez de ventiladores y noches agobiantes. Pero el sábado 21 de junio, desde que abrí los ojos por la mañana, no ha dejado de llover. A ratos baja la intensidad, luego regresa el aguacero, marcando el inicio de un verano con clima londinense en pleno centro de México.
Asociaba esta época más bien con un calor seco y asfixiante por los años recientes: sufrir mayo y junio casi como castigos. Pero este 2025 está siendo diferente… la lluvia y la humedad rompieron la rutina y de paso también mis expectativas. Quizá de eso se trata: de lo que una espera, de lo que crees saber de la vida y cómo, una y otra vez, la realidad llega y sacude cualquier pronóstico.
Puede ser que me haya puesto reflexiva porque últimamente muchas cosas parecen moverse más rápido de lo que alcanzo a procesarlas. Apenas empiezo a entender una cuando ya pasó otra y otra más… entre tanto, una constante ha sido la sorpresa: que algunas no salgan como pensaba, que las decisiones lleven a lugares inimaginables; pero también, entre todo eso, han aparecido momentos inesperada y tremendamente hermosos.
Hoy, las nubes cerradas y la lluvia implacable en pleno solsticio me recuerdan justo eso: que la vida no se alinea a lo que una anticipa. Que hay días fríos en verano y veranos que se parecen al otoño y ninguno es mejor o peor… conste que no es queja, sino una especie de catarsis o de observación; vivir, al final, se trata de aprender a estar con lo que toca, incluso cuando no se parece a lo que esperábamos.




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