(2 minutos de lectura)
Recién cumplí años y, aunque duela, estoy empezando a aceptar lo que viene siendo el señorismo. Me tardé, pero los hechos no mienten: la tregua con el gen “traga años” se agota: las canas y ojeras ganan cada vez más terreno y mi cuerpo ya no puede negociar dormir menos de siete horas, cenar antes de las 9 y disfrutar más los lugares donde se pueda conversar con la música bajita. Tantito la edad y tantito el método, que la mayoría de las veces me trae beneficios y, en otros, admito me vuelve un poco rígida.
En este nuevo año de vida, los hechos –además de advertir que las prioridades cambian– me confirman también que el cariño se siente distinto. Está en mi pastel favorito hecho por mamá, en admirar con papá una luna majestuosa cuando caminamos rumbo al parque, en un almuerzo en mi casa con la familia completa, en una cena de lasaña y damas chinas con amistades, en recibir deseos y felicitaciones de personas muy valiosas. Todo eso con salud y trabajo se vuelven un auténtico privilegio.
Me quedo corta al intentar describir lo que eso me ha provocado. Estos días en torno al 5 de noviembre, me han dejado una certeza: me siento profundamente querida y afortunada por tener personas con una capacidad hermosa de hacerlo notar. Es una bendición de Dios.
Dice mi mamá sabiamente que no se puede tener todo al mismo tiempo… y sí, hace 10 años no había canas ni ojeras, pero en la misma proporción tampoco la conciencia de saberme así de amada. Y si tuviera que elegir, sin dudarlo, me quedo con lo segundo.
Y mientras se asoma una nueva década, sigo aprendiendo a habitar este señorismo con todos sus matices y también con el deseo de saber valorar y corresponder todos los dones recibidos, de aquí hasta donde Dios me lo permita.
¡Feliz cumpleaños, a mí!







Deja un comentario