Sentada en un lugar al aire libre, rodeado de edificios y concreto, cayeron junto a mí, desde la copa de un árbol, unas flores diminutas. Eran tan pequeñas que a primera vista las confundí con una pelusa, pasaban desapercibidas.
Intenté recogerlas. Apenas me cabían entre los dedos, no medían más de tres milímetros, como si su existencia estuviera hecha para no ocupar espacio.
Las miré con atención, sus pétalos eran blancos; el pistilo y los estambres, amarillos. Me sorprendió que lo que hace posible que un árbol tan grande exista, en realidad fuera casi invisible. Caí en la cuenta de que ahí había algo más, una fuerza silenciosa que no necesita imponerse para existir.
Y pensé que muchas veces la vida es así también. Lo verdaderamente importante y bello se parece más a esas flores que al concreto que me rodea; está en lo que no se ve, en lo que pasa desapercibido o damos por sentado, como los afectos o la tranquilidad… pero a la vez persisten y sostienen todo.


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