Mía

Hay días que se repiten y, sin embargo, no son los mismos. El Día de las Flores, por ejemplo.

Desde que vivo aquí, esta fue la quinta vez. Y como no hay quinto malo, empezó con un pequeño milagro: encontramos estacionamiento en la calle, a unas cuadras de Embajadoras. Guanajuato rara vez tiene esa forma de dar la bienvenida, hoy lo sentí como si me fuera soltando un lugarcito.

Bajamos caminando hacia el centro y ya se sentía la fiesta. Paramos en el Cafetal por gasolina, un latte deslactosado y descafeinado. Ya eran más de las siete. Seguimos por el Campanero hasta el Teatro Juárez, entre manos que iban y venían armando el altar para la Virgen de Dolores.

“Boletos para la callejoneada, amigos” se oía una y otra vez. Y los cascarones: Bob Esponja, el Chavo del 8, Gokú; listos para romperse en la cabeza de alguien más.

En la plaza San Fernando, las cazuelas de elotes: mantequilla, epazote, hasta con tuétano. Sesenta pesos el vaso. Lo compramos. El antojo no era negociable.

Seguimos hasta el Jardín Reforma donde había una librería al aire libre. Compré un cuento infantil: La abuelita aventurera. Luego pasamos cerca del callejón del beso. En el camino, una fila larga de veinteañeros esperaban entrar al antro de moda. Nos acordamos del Capitolio, en lo que fue y lo que no me tocó. Me dio risa.

Regresamos por el coche entre girasoles, orquídeas y anturios.

La fiesta seguía, nosotros no.

Ahora es tomar café, comprar un libro, comer elote, reírme un rato con alguien que quiero. La ciudad es la misma, la tradición también. Pero yo voy distinto. La recorro distinto. La habito distinto.

Y hoy entre todo eso, la sentí un poco más mía.

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