He vivido sola alrededor de siete años. No diría que es bueno o malo, es una forma de estar en el mundo y que, la mayor parte del tiempo, disfruto. Hay algo en la autonomía, como no tener que negociar lo cotidiano, que se vuelve adictivo.
Pero convivir con una misma, tiene pequeñas pruebas. Noches en las que algo falla y no hay a quién voltear a ver de inmediato. Es entonces que resolver se vuelve un reflejo.
Me ha pasado varias veces. Cuando dejé las llaves adentro y me quedé en la calle. Otra en la que una chapa decidió no abrir y me dejó encerrada. O la madrugada en que Nuni enfermó y manejé hacia un veterinario desconocido en una zona despoblada, confiando en la urgencia.
También están otros momentos más silenciosos. Enfermarse sin que nadie lo sepa, o tener un mal día que no termina de acomodarse porque no hay con quién soltarlo en voz alta.
Recién fue uno de esos. Por la tarde se levantó un viento raro que se metía por las ventanas, chiflaba. La malla sombra de la cochera se inflaba como si respirara. Pasada la medianoche escuché un golpe seco. Uno de los tubos que la sostenían cayó sobre el costado del auto y, en el camino, se llevó parte de la barda de la vecina.
Me tomó un rato reaccionar. Media hora de darle vueltas a algo que, en otro contexto, quizá habría sido inmediato. Intenté mover el tubo: imposible. Pesaba demasiado. El arnés de la malla, suelto, golpeaba el coche con cada ráfaga. No era un ruido que fuera a parar; sino que anunciaba que podía empeorar.
Pensé en dejarlo para la mañana. Cerrar los ojos y postergar. Pero no pude. Llamé a vigilancia. Llegaron dos guardias que amablemente aseguraron el tubo y soltaron otra esquina de la malla para evitar que pasara lo mismo. Mientras trabajaban, me dijeron que también se había caído un poste de luz en la colonia. Sentí alivio.
Volví a la cama con un nudo en el estómago y con una barda, una mallasombra y un auto por reparar. Pensé en que vivir sola no es difícil, pero tampoco hay testigos. Las decisiones, incluso las pequeñas, ocurren completas dentro de una misma. Nadie comparte la duda, ni el cálculo, ni el susto. Y eso de vez en cuando, es crudo.
Al día siguiente, sentada frente a un plato de ramen, como si unas cosas compensaran otras, el resto del problema se había resuelto. Aún quedan emociones encontradas. Mentiría si digo que tengo una sensación de logro por solucionarlo, pero al menos todo se siente un poco más en su lugar. No es mejor ni peor, es lo que es. Una vida que elegí y que, incluso en las madrugadas donde no hay nadie más, se sostiene sola, con todo lo que eso significa.


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