Confirmar la torpeza

Atravesé el brazo para alcanzar la chimichurri y tiré la copa.

El líquido se extendió rápido, como si también tuviera prisa por exhibirme, y terminó en la mesa y en el saco de mi compañero de al lado. Éramos unos doce. Todos lo vieron. Yo dije lo primero que se me ocurrió: “lo siento, es mi novatada”, y la cara se me encendía.

Era la nueva en esa cena, en un grupo en el que tenía poco tiempo de pertenecer y esa era mi primera aparición: restaurante italiano, brindis, pizzas circulando. Todo iba bien hasta ese momento.

A mi favor, el incidente sirvió para romper el hielo. Mi compañero se lo tomó con humor, hablamos, nos reímos incluso. La velada siguió. Pero yo no tanto. Me quedé algo atrapada en la anécdota, porque no era la primera vez que me pasaba algo así.

Una especie de hilo que une escenas distintas, separadas por años, pero parecidas. Es difícil de explicar sin que suene exagerado, la sensación de que algo se me va a caer y romper, y efectivamente ocurre.

En otra ocasión, trabajando como reportera, hubo una rueda de prensa en el despacho de una alcaldesa. Éramos unas veinticinco personas alrededor de su escritorio: periodistas, camarógrafos, fotógrafos. Deslicé la grabadora buscando acercarla más y en ese gesto tiré un portarretratos grande con fotos de ella y su familia. Se cayó y se rompió el sujetador del marco.

La alcaldesa lo vio. Abrió los ojos —ya de por sí grandes— e intentó seguir como si nada. Yo traté de enderezarlo varias veces, sin éxito. Al final lo dejé acostado, como si así se disimulara. Nadie dijo nada. Pero yo sentí esa mezcla conocida: calor en la cara, torpeza en las manos y ganas de desaparecer.

Mucho antes, en la adolescencia, fui con mi hermana por quesadillas para la cena. Cada quien llevaba su plato. A unos metros de la casa, el mío se resbaló, no sé cómo. Cayó todo al pavimento: chicharrón prensado, crema, lechuga. Mi hermana soltó un “¡Ay!” que no necesitó traducción. Yo recogí lo que pude, más por no dejar la banqueta sucia que por salvar la cena.

No quería entrar a la casa. No tanto por las quesadillas, sino por esa sensación de haber confirmado, otra vez, algo. Con el tiempo, se volvió una especie de etiqueta silenciosa: “a ti se te caen las cosas, todo se te resbala” … y una parte de mí también lo cree.

Años atrás, en terapia, salió el tema. La idea era incómoda: que esa torpeza podía ser, en parte, una forma de confirmar una creencia previa. Como si necesitara demostrar(me) que soy eso. Inseguridad, le dicen. Yo lo entendí y lo vi, pero eso no lo desactiva por completo.

Ya no es tan frecuente, quiero pensar. O quizá solo soy más cuidadosa, o más lenta, o más consciente del brazo que atraviesa mesas ajenas.

A veces intento explicármelo: descuido, prisa, ansiedad por hacer las cosas bien y rápido. Otras veces aparece una hipótesis: llamar la atención, aunque sea de la peor forma. No es divertido. No es algo que una elija conscientemente, pero pasa.

Por eso pienso en el Chapulín Colorado y no termino de comprarle el papel de héroe. Su torpeza es hasta tierna, funcional. La mía, en cambio, viene con una pequeña pérdida de credibilidad. Como si equivocarse en público te quitara un poco de autoridad, aunque no tenga sentido.

No es que me sienta especial. A cualqueira se le caen cosas, tod@s hemos pasado un “trágame tierra”. La diferencia, o al menos eso me digo, es el momento en que ocurre. Justo cuando no quieres. He pensado incluso en advertirlo: “soy torpe, si algo se cae, ya saben por qué”. Como si anticiparlo lo hiciera menos grave. O menos sorprendente. No sé si funcionaría o si solo confirmaría la etiqueta antes de tiempo.

Esa noche en la cena me quedé sin bebida y con el saco ajeno mojado. También con la sensación de haber repetido una escena que conozco demasiado bien.

Escribo esto y no sé si lo hago para quitarle peso o para entender por qué sigue ahí. Tal vez ninguna de las dos cosas. Tal vez solo para decirlo, antes de que se me vuelva a caer otra cosa.

FIN

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