Por cosas del destino este año volví a la Fenal – Feria Nacional del Libro de León, no como lectora, sino como representante de mi chamba en Comunicación.
Sabía que en esta edición le habían entregado el premio Compromiso con las Letras al doctor Héctor Gómez Vargas, mi profe de la universidad, un reconocido investigador en estudios culturales, comunicación y cultura popular.
Oí hablar de él por primera vez a inicios de los dos miles, cuando yo estudiaba la carrera. Desde entonces su nombre sonaba en las aulas como si fuera parte del plan de estudios; se me quedó grabado antes de conocerlo en persona. Años después fue mi maestro y entendí por qué lo nombraban tanto.
Era un profe que no llegaba al aula a repetir conceptos, sino a abrir preguntas. Nos invitaba a investigar, a cuestionar y a mirar la comunicación más allá de la idea de que es hablar bonito o salir frente a cámara. Nos mostraba que la comunicación era una disciplina compleja, rica para explorar y también una forma de leer el mundo.
Recuerdo una ocasión en que salimos a distintos espacios públicos de la ciudad a observar y tomar fotografías que luego analizábamos en clase para hablar sobre el comportamiento social y las semejanzas y diferencias entre las personas.
Después de muchos años de eso, hace unos días lo vi recibiendo el premio y compartiendo escenario con Ángeles Mastretta. Pensé que de ese tamaño es su trayectoria, y también la huella que dejó en quienes pasamos por sus clases.
Hoy, mientras yo trabajaba en la feria, noté que caminaba entre los pasillos de una librería, como si ese fuera su lugar natural. Me acerqué. Le dije que seguramente no me recordaba, pero que había sido su alumna, que quería felicitarlo por su premio y pedirle una foto.
Aceptó con amabilidad. Cruzamos algunas palabras. Me contó un poco de su vida ahora, de su jubilación. Sentí cierta nostalgia al pensar que las nuevas generaciones ya no lo tendrán en el aula, pero también me sentí afortunada de haber sido su alumna y de encontrármelo ahí, mientras él recibía un reconocimiento tan importante y yo andaba trabajando, intentando estar a la altura de la escena.
Hay profes que dejan huella. Algunos se quedan porque te enseñan una manera distinta de mirar. Él fue uno de ellos.
Nos despedimos y volví a mis labores pensando que ese reencuentro también tenía que ver con la carrera que estudié: la misma donde lo conocí y aprendí de él, la que muchos años después volvió a cruzarnos entre libros y pasillos de feria.
Gracias, profe Héctor Gómez Vargas.


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