Le di una mordida a mi croissant con mermelada y un golpazo en la calle me hizo tragar de golpe el bocado.
Afuera del café, un choque interrumpió la tranquilidad de la tarde del miércoles en el centro de Cuévano, en pleno Cervantino. Los transeúntes se detenían a mirar. Un veinteañero bajó desconcertado del vehículo al que le habían pegado, mientras la conductora responsable parecía tener prisa.
—Te paso mi número, apúntalo, confía en mí —le dijo ella al muchacho.
Y el veinteañero confió.
Desde mi mesa alcancé a ver la cara de la mujer. La reconocí. Trabajamos en un proyecto juntas años atrás y me pareció curioso volver a encontrarla, precisamente en esas circunstancias.
Unos días antes coincidí con la amiga de un amigo en una taquería. Apenas nos habíamos despedido cuando llegó al mismo lugar un compañero del trabajo. Me presentó a su hija y terminamos platicando sabrosamente. Casi nunca hay tiempo para conversar en la chamba, así que me resultó chistoso hacerlo ahí, entre el humo del pastor y el sonido del bistec chillando sobre la plancha.
Esta semana cumplí seis años viviendo en Cuévano y he pensado que una de las cosas que me hacen sentir que realmente habito esta ciudad son justamente esos encuentros.
De por sí el pueblo es pequeño, pero toparse con conocidos en una misma taquería o descubrir a alguien de tu pasado protagonizando un choque mientras tomas café son, para mí, indicios de que formas parte del lugar. De sus calles, sus rutinas y hasta de sus chismes.
Han sido seis años generosos, tranquilos a ratos, con temporadas buenas, malas y pésimas. Años de aprendizajes, de gratitud y de conocerme un poco más.
En este tiempo he hecho nuevas amistades y me he despedido de otras. Me he encontrado a políticos en la plaza comercial y a un exnovio en la misma cafetería. He ido a funerales y a fiestas infantiles. He aprendido que vivir en una ciudad distinta, aunque esté tan cerca de mi terruño, tiene sus bemoles. Hacer vida en otro sitio no consiste solamente en mudarse, encontrar una casa o aprenderse las calles.
También es empezar a reconocer rostros, acumular y cruzar historias en lugares comunes, tener recuerdos propios en esquinas que antes no significaban nada.
Quizá de eso se trate empezar a pertenecer a un lugar, que una tarde cualquiera, mientras te comes un croissant, descubres que ya conoces a los personajes de lo que pasa afuera.
Y seis años después, eso me hizo sentir un poco más de aquí.
Gracias, Cuévano. ![]()
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